Serán acaso dos náufragos los que caminan por la arena, o dos almas en pena que buscan un destino, ya da igual cual, cielo o infierno, un lugar donde tumbarse y descansar sin el peso del compromiso, sin sentirse los responsables de todos los que con ellos conviven, han convivido o convivirán.
No son sin duda personas de probidad aquellas dos que recorren la playa interminable y se protegen la cara del viento porque, ¿a qué si no andar por allí a esas horas de penumbra, alejados de las luces de Bajo de Guía?, ¿a qué si no el susurrar de sus palabras, el otear continuo a la nada de tierra y a la nada del mar? ¿Qué puede ser sino una relación furtiva la de aquel viejo de piel arrugada y plúmbea con la joven que lo acompaña, bella, blanquísima, casi transparente? A no ser, claro, que sea un hombre de Dios que escucha en confesión a una oveja descarriada.
Él le va diciendo:
- El humo es el arma más mortífera con la que los opresores se burlan de la vida de aquellos que les dan de comer. Nos decían que todos, hombres, mujeres y niños, los mineros, los agricultores, sus esposas e hijos, morían por falta de vida. Era esa la única explicación que recibían viudos o viudas, huérfanos o padres que acababan de enterrar a lo que más querían en este mundo. La compañía todo lo arreglaba con papeles y sobornos, con palabras huecas y bolsillos llenos. Mientras, nos estábamos muriendo. Los que viven en la comarca minera siguen muriendo por la misma falta de vida. Aquella falta de vida, sin duda nos mata.
Y ella le pregunta:
- ¿Pero alguien acudiría en su ayuda? La solidaridad obrera internacional no estaría callada ante semejante injusticia.
Y él no puede evitar una risa amarga al recordar:
- Callados estábamos nosotros hasta que la muerte se paseó en ataúdes por la plaza de Riotinto. Algunos habíamos leído el Manifiesto Comunista y creímos que el Movimiento llegaría como un ejército de ángeles, pensábamos que el trabajo sucio de la revolución tendría a sus propios obreros especializados, que no éramos nosotros. Editábamos folletos con propaganda, llamando a la subversión, pero lo que realmente les jodió a los dueños de la mina fue que las chirigotas del carnaval se burlaran de ellos. Fue el triste destino de aquellos dos pobres desgraciados y la violencia revanchista por la falta de sentido del humor de los ingleses lo que finalmente espoleó nuestras conciencias de lucha. ¿No lo comprende? Pocos luchamos entonces por una idea universal y muchos lo hicieron por seguir vivos. Hasta los que murieron lo hicieron para que otros pudieran seguir viviendo. Nada de humistas, nada de anarquistas, nada de comunistas. La mayoría se hubiera conformado con respirar.
Ella llora al escuchar aquella historia, tan alejada de la idea romántica que la había hecho caer de la cuna, tan llena de sentido frente al sinsentido de una guerra civil. Y dice:
- Debo ser yo uno de los ángeles de aquel ejército, y lamento haber llegado casi cuarenta años tarde. Los camaradas de toda Europa entienden que es España en lugar por donde ha de comenzar la Revolución verdadera, la que ha de liberar al individuo de las cadenas que lo oprimen, del poder, del mando, del capital, de la moral. La mayoría de los que, como yo, escapamos de Rusia, considera que es necesario poner en marcha una única organización disciplinada, pero yo he conocido a personas en París que creen que es posible hacerlo desde la diversidad, desde el respeto a la libertad y a la ausencia de una única verdad a la que someterse. Y son esas mismas personas las que les admiran a ustedes, que con sus acciones verdaderas, han tejido una red en la que los obreros no son sino la vanguardia de lo que ha de venir después. Mi misión es la de alentar un gran encuentro dentro de unos meses, que será en Valencia, para formalizar esta amalgama de grupos en una federación que, por las opiniones que he escuchado en mi viaje, se llamará Federación Anarquista Ibérica.
Es ahora el hombre el que se emociona, agradecido por esa reconocimiento tardío que le devuelve la confianza en el futuro. No en su futuro, que casi está agotado, sino en el futuro de un sueño. Detiene la marcha, le toca a la joven en un hombro y le pregunta.
- ¿Y qué necesita de mí?
Ella responde:
- Me han dicho que puede proporcionarme un modo de huir de España sin que tenga que volver sobre mis pasos. Ayer mismo fui víctima de un ataque que me ha confirmado que los enemigos que me persiguen desde que salí de lo que ahora es Leningrado están mucho más cerca de lo que pensaba. Se trata de personas muy peligrosas y crueles que quieren castigarme porque creen conocer mi pasado. Personas que representan el poder y lo que está por encima de él: el dinero. No dudarán en mover sus hilos aquí para arremeter contra mí y contra todos los que conmigo se relacionen.
Él tiene la tentación de hacer más preguntas, pero entiende que no debe, porque tampoco estaría en condiciones de responder si es preguntado. Comparten una idea y comparten ser esclavos de un pasado en el que tuvieron identidades que ahora no pueden confesar, ni siquiera entre ellos. Por eso asiente y le explica:
- Hay una goleta desde hace unos días al Puerto de Huelva cuyo capitán ha de reunirse conmigo. Aunque estoy alejado de la primera línea, mantengo algunas responsabilidades para dotar al Movimiento de las herramientas que necesita. En unos días espero poder desembarcar las armas que ese buque esconde en sus bodegas y que habremos de pagar en oro, porque así lo quiere ese truhán. Creo que con el mismo pago podré convencerle para que la acepten a bordo hasta recalar en un puerto en el que se sienta a salvo.
Una luz centellea en medio de la nada y avanza hacia la desembocadura del Guadalquivir y aquellos dos náufragos que tal vez sean almas en pena regresan en busca de la tranquilidad de una mesa en torno a la que sentarse y descansar del peso de ser los responsables de salvar el mundo.