Crítica del Editor

¡Qué difícil me resulta hacer un comentario de las obras de Xurxo Torres! Desde su primer título, La noche americana, he sido un fiel seguidor de su obra y ello, quizá, me reste objetividad. Tras recorrer la franja este-oeste americana con la chupa de cuero de dos impresentables moteros que, en realidad, no se habían movido de una tasca en Chamberí mientras alucinaban con copazos de coñac, hasta el viaje interior a Cornualles de la mano de “la niña del mundo” Xurxo juega con las palabras, las extiende sobre su mesa de operaciones, las disecciona, las sutura y, tras un pacto con el diablo, las renace con una nueva dimensión, con un sonido distinto para componer sinfonías nunca escuchadas.

Siempre creí que era “un puto genio” sin lugar ni contexto. En las raras ocasiones que pienso en él me viene a la cabeza la presentación que hizo The New York Times, de nuestra Lola Flores, en su primer viaje a los Estados Unidos: “No canta. No Baila. No se la pierdan.”

Xurxo ni canta ni baila, escribe, y de qué manera, no se lo pueden perder. Y más ahora que, aprovechando mi descanso veraniego se me descuelga con un original de casi 350 páginas, en coautoría con Alberto Alonso, me increpa con un “para que te entretengas. Lo lees, lo analizas y me dices lo que te gusta y lo que no te gusta. Hablamos en unos días.” y me suelta “El horizonte de la Reina”.

Pasada la primera impresión y ante la oscura e incierta disculpa que tenía preparada por si su llamada era demasiada temprana, comienzo la lectura del manuscrito. Leo y leo sin piedad para mi estómago, mi familia y mis amigos del verano. Me enfrasco en sus páginas y, dos días después, cierro el manuscrito con la impresión habitual, pero ahora pluralizada: ¡qué cabrones!, ¡siguen disputando a dios el placer de la creación!

El horizonte de la Reina no es una novela de aventuras ni es un relato histórico pero está repleto de ambos elementos. Es la columna vertebral en que se sustenta. La Mameluca, un buque diseñado por George Steers y, extraoficialmente, el pago solicitado por Roxo al sultán de Turquía, Mehmed VI, se traslada por mares de norte y sur para desgranar el paisaje íntimo e interno de los sentimientos de sus viajeros.

Roxo, el capitán, y sus silencios; Pascal, el joven de femenina belleza; Alexia, la mujer de piel transparente, van desgranando el paso de sus días en busca de una felicidad marcada por la venganza, el amor y la libertad. Cada uno de ellos es un mundo cerrado donde los sentimientos sólo aflorarán en el devenir de sus causas; de sus causa y de la muerte, compañera inseparable del relato, pero no como destino trágico y cruel, sino como necesidad vital «como el aire que se respira o el amor que, en algún momento de nuestras vidas, todos anhelamos».

Roxo vive para hacer posible que su sentimiento de venganza sea tan eficaz como el de la justicia. En un momento del relato nos dice: «Yo sólo soy un capitan medio pirata, y ahora un despiadado asesino ante los ojos de medio mundo…, pero sé lo que preciso para poder irme tranquilo de este mundo».

Alexia, la dulce Alexia de Pascal, la infatigable luchadora en nombre de la libertad, la única superviviente de los Romanov, tuvo que dejar de ser la Gran Duquesa Anastasia Nicolasa, para empuñar las armas y convertirse en la apasionada anarquista que frecuentaba toda cuanta reunión o asamblea clandestina existía. En una de sus cartas nos comenta: «Somos individuos, Luigi, únicos pero capaces de compartir las sensaciones… Si somos consecuentes… no sólo debemos pretender que nuestros enemigos sean iguales a nosotros, sino que debemos aceptar ser iguales a nuestros enemigos. En cambio, su única posibilidad será la de aniquilarnos para que no podamos seguir fortaleciéndonos con nuestras derrotas. …Aprendamos a perder».

Jean Francoise Pascal de Rochefort, al que los compañeros de La Mameluca tienen el buen tino de reducir las aspiraciones burguesas de su nombre y dejarlo en un solo Pascal, es un excelente observador de esos diez años que dura la aventura y, sobre todo, en el tramo final de la obra, de la fascinación que causaba, desde América y Europa, la instauración de la II República y el anarquismo español capitalizado por la FAI.

Hay un sinfín de personajes en la obra, encarnadores del bien y del mal, y, lo más significativo, de la repercusión de sus actos: lo bueno y lo malo, según el momento y/o sus circunstancias. Nada es positivo o negativo. El paisaje que dibuja la obra siempre es el mismo, nunca hay valle, ríos o montañas, siempre es la persona luchando consigo mismo y contra uno mismo lo que colorea el entorno.

¿Podemos ser felices?; ¿la felicidad es un destino o una meta inalcanzable?; ¿es el ser humano la consecuencia de sus actos o, simplemente, su circunstancia temporal?

A estas alturas del viaje sé que ni Alberto Alonso ni Xurxo Torres tienen la respuesta adecuada pero mientras tanto la lectura de El Horizonte de la Reina es el próximo destino.

Gracias Alberto, gracias Xurxo.

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